Quizás en Setiembre

Y ahora mi vida y mi destino
no son más que un callejón sin luz.
Carlos Varela


Miércoles que comienza a saber a medianoche, miércoles que sorprende a un jueves con sollozo de tren. Era un tiempo con rostro de presagio y manos de recuerdos, por eso escribía desconsuelos. Y quizás era setiembre porque las ciudades se abrazaban con las carreteras y los buses hormigueaban las noches y el agua. Recuerdos que llegan con un dolor casi fraternal: el callejón descubierto por un poema, las ilusiones y fracasos que pululaban en una espera o una canción que salpicaba costuras y distancias. Setiembre con algo de dulce, apenas para sentir más el amargo en el que se diluían las tardes.

Y después los labios en un bolsillo, también un agujero. De leer arrugas, de desplomar las manos en una acera cuando dolían las horas y de noches que renunciaban a la madrugada. No era setiembre, ni hoy, ni ayer; era martes. Profanar lugares y algún verso.

De un día a otro, si la semana tuviera pasos de cangrejo.

Pieza extraviada II

...ya espantaste palomas cuando huías de tu susurro azul,
cobijaste eneros con una batalla de esperas
y ya han sido muchos tus ruegos a labios cósmicos. Ya...

Ventanas

Las agendas no me gustan. Pero luego sacó una libreta y una pluma; y mis letras que ya seguían el ritmo de los huecos de la calle, se amordazaron y ya no sé qué quisieron decir; sin sentido y mal hechas. Era inevitable espiar lo que haría con su pluma, y yo que no sé disimular y además no me esfuerzo.

Cuadrados, rectángulos. Ventanas. Y yo seguía con mi cuaderno en la mano, con el lapicero en la otra. En su libreta se estrella un ¿Qué pasa? y tanta gente. Ideas anclándose entre asientos verdes, miradas que se quedan pegadas en la suciedad de los vidrios; tantas, tantos. Y las seis ventanas. Pero ahí mismo quedé, en todos los sentidos.

Yo, con un cuaderno y un lapicero en las manos. Con ganas de escribir algo, arrancar la hoja, dejarla ahí, tomar el bolso y salir. Morirme de la risa mientras bajaba las gradas del bus.

Renuncias

A la humedad tropical en los ojos,
a los ritos del abandono en las manos,
a los insectos que se alimentan de las nostalgias,
a los besos y despedidas que huelen a vela mal apagada,
a los navíos que se estrellan en la comisura de un día y otro,
a los bosques que no dejan de llorar en cataratas,
a los rugidos que rompen la ceguera de las manos,
a los pelícanos que pescan risas y promesas
y a las huidas con la vida enferma.

Mar

El peor sonido para despertar en la playa, es el de las gotas brincando en el techo. Con la esperanza de que se tratara de una heterogénea mezcla de polvo y viento, corrí a la ventana y ya no me importaba si llovía o no; porque el sol gruñía susurros morados y amarillos, mientras el cielo se derramaba en textura de crayón. Además, como si se tratara de las huellas nacaradas que deja la huida de las olas, así iban apareciendo personas que luego se ordenarían en filas para esperar a que llegaran los policías. Sí, pobres, recién nacidos del mar y ya los policías cerca. Las líneas aumentaban con la rapidez de un trazo, como si cada metro cuadrado se convirtiera en una persona; desgracia. Pero mayor desgracia que del sol cayeran cajas que al reventarse contra la orilla del mar, dejaban escapar más personas y más policías para unirse a las filas.

Que sigan. Yo espero una balsa en un camino de agua. Colores saturados.

Espero que al llegar a la orilla, los policías no me digan nada, ni que la fila de personas me consuma, ni que se acabe el mar. Y que al final de la playa, junto a las rocas, no haya nadie.

Pieza extraviada

...porque yo me suspendía de nubes rotas
y tus andanzas eran del encanto a las flores muertas,
luego derribábamos fronteras con tiroteos de palabras
y bebíamos las calles de un trago amarillo....

Gotera

Mi techo fue herido por un meteorito azul,
tras él, viene una lluvia de tristezas
y las gotas explotan como versos urgentes:
luces fragmentadas por sobros de recuerdos,
trenes circulares hacia la melancolía,
manos afónicas de tanto dolerse
y abriles pálidos de tanto sufrir su propia ausencia.

Mi casa es un carnaval despojado de risas,
entre una silla y otra
pasan pájaros llorosos que dejan caer sus lamentos:
desesperanzas como pólvora en el cielo
y flores que germinan de vientos marchitos.

Caen y caen, sujetos de una migaja de agua,
los girasoles desmayados,
los abriles ya cadavéricos.

Noventa y algo

Pasábamos tardes escribiendo cartas: frases aterradoras y dibujos de las criaturas que imaginábamos infernales, con copitas de agua tratábamos de llegar a la lucidez para saber el mejor punto de lanzamiento de las cartas de miedo, así el vecino no podría explicar el origen de aquel aviso de muerte o al menos el preámbulo del miedo nocturno. Así que escalábamos los escasos metros del muro que separaba las casas y desde allí dejábamos caer los papeles, con unas salpicaduras de rojo que un niño torpe vería como sangre. Pero al día siguiente, el niño se reía de su madre que creía los mensajes de otros mundos, y de nosotras también, entonces nos íbamos desilusionadas a preparar una pócima con hojas, semillas y flores; con la esperanza de encontrar secretos entre ramas.

Hálito

Humedecen al desconsuelo,
con un saludo que es también un adiós,
dibujan alas con susurros azules
y luego al encallar, duele como desteñir la noche.

Animales clandestinos
o fragmentos del amanecer,
que vuelan a las azoteas
para luego lanzarse a la desmemoria
y en el vano esfuerzo,
quedar colgados del tendido eléctrico:
dúctiles nidos de recuerdos desterrados.

Sin líneas

Convergen, sin dejar espacio a una grieta por la que se pueda trazar una línea. Como un agujero negro que se lleva todo a su boca, o como una soga resumida en nudo. Veo los extremos de un intervalo en un mismo chispazo, en una ola de viento que sólo eso fue, en un cuadro pasajero que imaginaron los ojos. Siempre un único paso que va murmurando un gesto con sabor a nube, con sabor a inicios varados en algún pozo de irresueltos, o fracasos.

Un punto con el peso de una línea, un punto muy denso anímicamente.

Dolientes

Pueblo lloroso,
que nació en un arrebato de azul,
de una lágrima condensada.

En sus calles empedradas en desvelos
sus muchachos se derraman,
incansables como la soledad,
con camisas de recuerdos
y papeles salpicados con gritos.

Un espectro de mujer los toma de la mano
y si ella aparece es sólo una sombra rebelde
que se escurre del bolso del olvido,
donde yacen futuros,
despertares añejos
y donde no cabe el ayer,
ni cabe un adiós.

Rayas en su espalda

Eso siempre me había dado miedo. Yo trataba de que no me vieran para poder observarlas. Porque lo peor sería que al darse cuenta que mis pies se acercaban o que mi mirada les estaba hiriendo las líneas de su espalda, se lanzarán contra mi cuerpo y ellas fueran trepando por mis brazos o piernas, o peor aún: por mi cuello o mi cara, donde las podría sentir pero no ver. Sería terrible que de pronto esas patitas se adhirieran a mi piel en un delicado golpe. Y sucedió.

Pero es hasta hoy cuando me doy cuenta que el golpe de esa criatura fue una venganza. Yo no la miraba, yo no sabía de ella. Apareció justamente para golpear mi pie y luego correr, volar o saltar, no sé. Pero, ¿cómo explicar que una cucaracha se traslade kilómetros para amenazarme? ¿Por qué no esperó unos días a que yo regresara a ese lugar donde la había conocido? Lógico, no es la misma, entonces descubrí que ellas –todas, la población completa, esa cantidad increíble- poseen una única mente. Es así como una cucaracha turrialbeña me amenazó de muerte porque yo había asustado a una cucaracha de quien sabe dónde. La cucaracha turrialbeña disfrutó verme alterada con su golpe, e inmediatamente todas las del mundo se reían de lo sucedido. Tienen una única mente.

Sólo al darme cuenta de eso pude dejar de lado el episodio del golpe y comencé a pensar en ellas. ¿Cómo una cucaracha puede vivir escuchando los pensamientos de millones de cucarachas? Entonces, ¿Una cucaracha que se escurre entre las puertas de un baño puede estar leyendo a Sartre y al mismo tiempo encontrar la solución a alguna integral indefinida? Me pregunto cómo una cucaracha puede elegir entre reírse por los gritos de alguien al verla o llorar porque su amiga esta siendo aplastada con un zapato? Pero sobretodo, trato de imaginar la fuerza que tenía aquella cucaracha turrialbeña para silenciar lo que decían todas las otras que yo había conocido. Seguro le decían que no saltara, que era una idea disparatada pensar que podría sobrevivir a un salto así y además asustarme. Esa cucaracha debió de andar entre un libro de Girondo: Yo no tengo una personalidad; yo soy un cocktail, un conglomerado, una manifestación de personalidades. En mí, la personalidad es una especie de furunculosis anímica en estado crónico de erupción; no pasa media hora sin que me nazca una nueva personalidad.

¡Esa cucaracha es una heroína! Ahora, de las rayas de su espalada mis ojos nunca más se van a dejar fascinar.

Deforme y bello

Una semana sin noches
es un día que es todos a la vez:
asintótico a una grieta desesperada,
las hojas de un árbol que destila magia,
es la imaginación sobre un lienzo pálido,
y esa mirada que ve todo en la nada.
Es un martes y luego un jueves muerto: un domingo.

Es un día que se fragmenta en episodios efímeros
como las sombras que proyectan los párpados al despertar.
Y es también, interminable como el desvelo.

Este día trata de encontrar su forma
pero no se reconoce en ningún nombre
y se acuesta para cubrirse con la extrañeza
de dormir sin saber lo que fue.

A un pintor

Hirió a la noche
cuando su cuerpo de tinta
estalló los trazos contra ella,
los dibujos huérfanos se colgaban de mis días,
líneas enloquecidas empantanaban los pasillos
y el tiempo eran hojas ansiosas
que se escapaban para robarse el color.

En su cuerpo, en la tinta o en el tiempo,
pero en algún sitio los dibujos palidecieron,
y en una esquina blanca y resentida
garabateó anónimo y abandonó las paredes
que ahora llevo entre las uñas.

De vez en cuando veo sus líneas
en los suspiros tóxicos que saturan la atmósfera,
en teléfonos estrangulados de madrugada,
en risas enjauladas en una hoja amarillenta
y en mi inútil intento de aprender a pintar.