Humo

Prefiero que las bancas sean nostalgias aladas que parten a otra memoria, antes que ver este pueblo con sus faros decaídos y sus calles que me miran como si fuera un desamparo del tiempo. Con algunas aseveraciones fatales, sé que no hay otro camino más que el lastimero de los poemas que antes no conocía y que lluvia a lluvia fueron encallando en mi tejado. Prefiero la ausencia, antes que tus labios sin arrugarse como quien anuncia un vuelo, tu boca sin fruncir es un espanto que ha llenado varias madrugadas de estrellas cadavéricas. Sin embargo, a veces extravío ese convencimiento, y la ausencia me parece más atroz que cualquier espanto tangible; entonces dejo caer los poemas que encharcan mi tejado, y espero que sea tanto el estruendo que llegue hasta tu puerta, como un soplido o una canción; y quizás así se te ocurra, por razones que no sabrás, llamarme.

Ala

Verás que de los árboles se caen las estrellas
y que llenan de luz tu tierra y tus pies,
o te darás cuenta que en las ramas dejé mis anhelos
y que son mis pupilas llenas de frío y paz.
Sabrás que hoy quisiera volver por ellas,
también por tu tierra y tus pies. Y tu voz.

Veintidós

Tengo una derrota hundida en las manos
y no puedo darle nombre ni enmarcarla;
porque ella inunda el aire, me atraviesa el corazón,
también la noche, también la angustia;
porque va descarriando la sonrisa,
ahuyentando los ojos hasta volverlos extraños.

Tengo una derrota que es tantas a la vez,
que es como poliedro, o camaleón;
nunca mariposa errante ni de humo,
ni el cometa extraviado que yo quisiera.
También, tengo un desvelo que a mis tobillos la ata,
un poema que la hace hermana del desconsuelo,
y el delirio de un amanecer sin la negrura en el sol.

Sin desvío

Eras ave con pretérito plumaje,
eras un nombre y un fantasma,
eras el pueblo enardecido de lluvia
y nubes de soledad entre mis tardes;
podrías ser el eco de la tristeza,
la canción con manos de miel,
o el sillón que deja la angustia,
pero somos navíos que apenas si cruzan sus horizontes.

Arañas

Arranqué arañas de mi cabello,
cuando la tarde me daba un aire envilecido,
cuando la palidez era el bastón de la nada.

Habría sido mejor desprenderte de las hojas,
de la ventana roída por la neblina,
o desenredar distancias y tiempos.
Habría sido mejor tropezar con tus manos,
con el infinito tras tu voz.
Habría sido mejor arrancarte de mi cabello,
y que fueran arañas las que se posen en la ausencia.

Habría sido mejor encontrarte tras una puerta,
y que fuera otro el poema que se cae de mi boca.

Yo quisiera decirle

Vamos. Ponga en un bodoquito de papel todas las desesperaciones y soledades que le azulean las manos, todos sus poemas taciturnos y las lluvias. Yo le puedo dar mis derrotas. Luego podríamos hacer esferas con los fríos y los llantos, ponerles alas para dejarlas ir desde el sombrero de un árbol, y cuando quieran volver sobre nuestros brazos entonces les dispararemos con juegos de risas y versos. Vamos. Creo que usted también se preocuparía por sus tristezas, pero ellas no morirán, sólo serán estrellas llorosas en otro cielo.

Flecha

Si tuviera las palabras, yo te daría la lluvia en versos,
te diría que quiero tus dedos enredando el tiempo
y hablaría de las luciérnagas dulces que salen de tu boca.
Pagaría con el insomnio de todos los octubres,
si este verso te atravesara la piel.

Sé

Yo sé dejar al tiempo atropellar mis manos para luego verter relojes muertos en mi camino; sé llegar tarde, cuando sólo queda un final enmarcado en un atardecer roto; también gritar cuando los oídos ya son ruinas de lo que hubiera sido, y esperar amaneceres con un poema en la punta de la lengua: he sabido llorarlos.

Sé lanzar mi cuerpo a la hora doliente y regar versos por las calles que me ven recoger mis pasos, también tararear causas perdidas. Lo que necesito decirle, es que también sé inventar risas.
No quiero verte surcar las tardes, ya sé que eso es un trazo de soledades en mi espalda. No quiero cavar un lecho para tu sombra, pero me gusta el olor de las espinas que se confunden con tus manos.

Cercas

Tengo las manos vacías, y llenas,
tengo moho en mis raíces
y ayer no supe donde poner mi desvelo.

Tengo el aliento de una noche inmóvil
y de los restrojos de un camino que no existe.
Tengo ganas de irme, de quedarme,
de perderme o dar conmigo.

Tengo huecos en el estomago
y paredes que chorrean hojas;
un recurrente desgano que ya camina,
que ya se acopla a mi cuerpo
y a veces me amarra a mi cama.
También euforia y colores.

Tengo ganas de poner luces en mis oídos.
Y esperanzas, muchísimas,
pero también piedras que las marchitan.
Tengo los dedos despeinados
y un deseo enfermo de escribir.

De veras

Usted.
Sí, usted, puede irse a la mierda.
Usted es todos.

De cualquier forma

Yo te invento un barco,
te invento un tren con pestañas de cielo,
yo te grito con mis costillas
y te lanzo voces encendidas.
Pero te vas en cualquier rueda,
te vas con cualquier canto.

Disparo

Que no se desmaye tu voz ni los desatinos que la empinan,
que la duda no encadene tu boca,
que no sean tus manos refugios de la soledad
ni de besos perdidos,
que la desesperanza no te robe los pies.

Porque si dejas que tu voz se quede inmóvil
si me das horas revueltas con un vacío oscuro
yo no voy a seguir tus rastros en el aire,
yo no voy a seguir tu andar entre raíces y lluvias,
ni voy a quedarme con el fracaso destejiéndome los ojos;
si me das gritos enredados con titubeos
yo me iré a navegar en mis venas para llegar a otra gruta,
porque yo no quiero en mi boca un jardín que no crece,
no quiero marchitar las horas si te florece el desgano,
ya no quiero colgarme las derrotas en las costillas
para luego abrazarlas con mis aguaceros.

Y sé lo inútil de estos versos:
quizás no tengas palabras,
no hay dudas porque no hay certeza,
quizás poco te importa la brújula de mis pies
o en donde quiera yo navegar,
sé que esto pende de mi desvarío,
de mis invenciones en tus madrugadas
y en tus llamados taciturnos,
sé que esto pende de mi disparate
y de él pende este poema.
Sin embargo,
si dejaras luces al borde de mi camino,
si desprendieras de un árbol un susurro,
yo podría desterrar mis presagios,
y aunque la fatalidad es nuestra sombra
yo podría ponerle escamas a mi esperanza
para buscar aguas sin espinas y sin sal,
yo podría arrancar algunas grietas y dudas,
podría terminar este grito al desvelo
este aullido absurdo que no da con ninguna luna,
podría terminar esta amenaza a tu boca, este poema:
ponerle alas y que rompa tu ventana,
que te despeine y te diga que lances un cohete
que rompa mi techo, mi puerta, mi voz y todo resto de silencio.

Sin rastro

Siento unas ganas locas de reír
o de matarme.
Roque Dalton

No sé cual animal se derrama en estas calles,
no sabría hablarte de hoy ni de ayer,
de la luna que cava en la oscuridad
o de las huellas que arrastran mis dedos,
no sé cómo decir que el viento no tiene uñas
y las bancas ya no hablan de añoranzas.

Es cierto que yo desprendía memorias del aire,
les amarraba algún susurro alado
y luego volvían como callados poemas,
es cierto que yo veía un callejón desangrando la noche
mientras los nidos lanzaban agua;
pero ahora han caído pétalos de olvido, rotos,
y no hay tantos mordiscos de comején,
podría ser que mariposas cansadas de la nostalgia
se han bebido la sangre de las nubes,
y es por eso que ya no hay vacío
o todo es un agujero con un sol extraviado,
es por eso que ya no siento tantas grietas en los ojos
o el sentir se me ha caído de las manos, que desidia.

Quizás es la espera anclada
de poemas sin voz, rondando esquinas,
de sentir setiembre como un cementerio con vida,
del callejón escupiendo medusas azules,
de caminar con el peso de lo perdido.
Quizás es la espera anclada,
porque hoy no crecen híbridos de agua y luz:
trozos de ayer,
porque hoy el aire no habla de tardausencias
y no hay desfiles con gritos oscuros;
no importa que a veces, por alucinación
o por el soplido de los tejados,
sienta que la tarde contiene un llanto
y que de las puertas cuelgan fantasmas,
no importa: sé que ya nada vuelve,
por eso no sé hablarte de la lluvia,
ni de setiembre.