Huida

Ya me va doliendo en la espalda. Este nudo de asperezas y caricias anda quedándose atrás, como disimulando el abandono, como insinuando una despedida. Este híbrido de pasados y futuros que llaman corazón.

Ya voy sintiendo como se queda atrás y sigue apenas por inercia. Peor que mi cuerpo llevado a veces por el tiempo y otras por la brisa.

Va caminando más lento, como queriendo salirse por la espalda, esperando que yo lo olvide al andar. Quiere quedarse en la cama sin las horas que pasan como rasguños de la soledad, quiere quedarse entre las hojas donde las tardes no dejan caer las lágrimas ni en la boca ni en el silencio, quiere dejar de andar con este cuerpo que tiene menos ganas que el desgano. Sujetarse de cualquier noche y no partir a una mañana adolorida por el sol. Tiene ganas de quedarse contra una pared o contra el tiempo, sollozar hasta que lo silencie el sueño o el cansancio. O un susurro. Pero hoy se va saliendo por mi espalda, se va quedando atrás.

Anoche

Esto de alimentarse de versos llorados, de cantos tan húmedos que hasta se evaporan con el frío de la luna. De esperar trenes para colgarse de un recuerdo con aroma a dolencia y luego arrastrarse con todo y tristezas hasta lo que yo quisiera que fuera un andén.

Esto de los besos tan besos, que duran lo que duran. Tangibles como el aire, como atrapar una mirada con un nido de noche. Esto de pedirle compañía a la soledad. De que cierta calle con gesto de callejón duela de vez en cuando, apenas como una astilla en el dedo.

Esto de saber que todo pasó ayer, y aún no ha pasado nada. Esto de sentir un futuro no en blanco, sino hueco.

Ventanas II

Debí de haberlo hecho.
Ya no hace falta pensar que la frecuencia de sus pasos se debe a un patrón matemático que se va colando entre asfalto y llantas, tampoco tan fatal como recordar apenas unas horas turbias, seguro llorosas y saber que se van como una brisa de nunca más.

Lo fatal llegó con una repetición, que lejos de ser patrón, es una necedad increíble del nunca más paseándose amenazante entre la tarde y la noche. Repetición, yo que la creía imposible y ahora, la sorpresa ha quedado en harapos y cada vez se parece más a la rutina que también me susurra un si lo hubiera hecho...

Y entre tanto arrepentimiento de quedarse inmóvil con las palabras en la punta de los dedos, y entre nada que es todo lo que ha pasado; hay un sueño como inspirando algo no tan desalentador. Sueño con las gradas de la iglesia de siempre, con una camisa de cuadros, con una libreta y con una voz que me decía: ¿Te acordás que yo escribía? Te estaba preguntando y vos no te diste cuenta. Peor aún, porque si eso fuera cierto, yo debí de haberlo hecho. Si hubiera dejado una borona de papel con una insinuación de palabra...

♪ Necesito ♪

Sui Generis

Necesito alguien

que me emparche un poco
y que limpie mi cabeza
que cocine guisos de madre
postres de abuela y torres de caramelo

Que ponga tachuelas en mis zapatos
para que me acuerde que voy caminando
y que cuelgue mi mente de una soga
hasta que se seque de problemas
y me lleve...

Y que esté en mi cama
viernes y domingo
para estar en su alma todos los demás
días de mi vida

Y que me quiera cuando estoy
cuando me voy, cuando me fui
y que sepa servir el té, besarme después
y echar a reír

Y que conozca las palabras
que jamás le voy a decir
y que no le importe mi ropa
si total me voy a desvestir...
para amarla

Necesito alguien
que me emparche un poco
y que limpie mi cabeza
que cocine guisos de madre
postres de abuela y torres de caramelo

Si conocen alguien así,
yo se los pido
que me avisen porque es así totalmente
quien necesito...

Quizás en Setiembre

Y ahora mi vida y mi destino
no son más que un callejón sin luz.
Carlos Varela


Miércoles que comienza a saber a medianoche, miércoles que sorprende a un jueves con sollozo de tren. Era un tiempo con rostro de presagio y manos de recuerdos, por eso escribía desconsuelos. Y quizás era setiembre porque las ciudades se abrazaban con las carreteras y los buses hormigueaban las noches y el agua. Recuerdos que llegan con un dolor casi fraternal: el callejón descubierto por un poema, las ilusiones y fracasos que pululaban en una espera o una canción que salpicaba costuras y distancias. Setiembre con algo de dulce, apenas para sentir más el amargo en el que se diluían las tardes.

Y después los labios en un bolsillo, también un agujero. De leer arrugas, de desplomar las manos en una acera cuando dolían las horas y de noches que renunciaban a la madrugada. No era setiembre, ni hoy, ni ayer; era martes. Profanar lugares y algún verso.

De un día a otro, si la semana tuviera pasos de cangrejo.

Pieza extraviada II

...ya espantaste palomas cuando huías de tu susurro azul,
cobijaste eneros con una batalla de esperas
y ya han sido muchos tus ruegos a labios cósmicos. Ya...

Ventanas

Las agendas no me gustan. Pero luego sacó una libreta y una pluma; y mis letras que ya seguían el ritmo de los huecos de la calle, se amordazaron y ya no sé qué quisieron decir; sin sentido y mal hechas. Era inevitable espiar lo que haría con su pluma, y yo que no sé disimular y además no me esfuerzo.

Cuadrados, rectángulos. Ventanas. Y yo seguía con mi cuaderno en la mano, con el lapicero en la otra. En su libreta se estrella un ¿Qué pasa? y tanta gente. Ideas anclándose entre asientos verdes, miradas que se quedan pegadas en la suciedad de los vidrios; tantas, tantos. Y las seis ventanas. Pero ahí mismo quedé, en todos los sentidos.

Yo, con un cuaderno y un lapicero en las manos. Con ganas de escribir algo, arrancar la hoja, dejarla ahí, tomar el bolso y salir. Morirme de la risa mientras bajaba las gradas del bus.

Renuncias

A la humedad tropical en los ojos,
a los ritos del abandono en las manos,
a los insectos que se alimentan de las nostalgias,
a los besos y despedidas que huelen a vela mal apagada,
a los navíos que se estrellan en la comisura de un día y otro,
a los bosques que no dejan de llorar en cataratas,
a los rugidos que rompen la ceguera de las manos,
a los pelícanos que pescan risas y promesas
y a las huidas con la vida enferma.

Mar

El peor sonido para despertar en la playa, es el de las gotas brincando en el techo. Con la esperanza de que se tratara de una heterogénea mezcla de polvo y viento, corrí a la ventana y ya no me importaba si llovía o no; porque el sol gruñía susurros morados y amarillos, mientras el cielo se derramaba en textura de crayón. Además, como si se tratara de las huellas nacaradas que deja la huida de las olas, así iban apareciendo personas que luego se ordenarían en filas para esperar a que llegaran los policías. Sí, pobres, recién nacidos del mar y ya los policías cerca. Las líneas aumentaban con la rapidez de un trazo, como si cada metro cuadrado se convirtiera en una persona; desgracia. Pero mayor desgracia que del sol cayeran cajas que al reventarse contra la orilla del mar, dejaban escapar más personas y más policías para unirse a las filas.

Que sigan. Yo espero una balsa en un camino de agua. Colores saturados.

Espero que al llegar a la orilla, los policías no me digan nada, ni que la fila de personas me consuma, ni que se acabe el mar. Y que al final de la playa, junto a las rocas, no haya nadie.

Pieza extraviada

...porque yo me suspendía de nubes rotas
y tus andanzas eran del encanto a las flores muertas,
luego derribábamos fronteras con tiroteos de palabras
y bebíamos las calles de un trago amarillo....

Gotera

Mi techo fue herido por un meteorito azul,
tras él, viene una lluvia de tristezas
y las gotas explotan como versos urgentes:
luces fragmentadas por sobros de recuerdos,
trenes circulares hacia la melancolía,
manos afónicas de tanto dolerse
y abriles pálidos de tanto sufrir su propia ausencia.

Mi casa es un carnaval despojado de risas,
entre una silla y otra
pasan pájaros llorosos que dejan caer sus lamentos:
desesperanzas como pólvora en el cielo
y flores que germinan de vientos marchitos.

Caen y caen, sujetos de una migaja de agua,
los girasoles desmayados,
los abriles ya cadavéricos.

Noventa y algo

Pasábamos tardes escribiendo cartas: frases aterradoras y dibujos de las criaturas que imaginábamos infernales, con copitas de agua tratábamos de llegar a la lucidez para saber el mejor punto de lanzamiento de las cartas de miedo, así el vecino no podría explicar el origen de aquel aviso de muerte o al menos el preámbulo del miedo nocturno. Así que escalábamos los escasos metros del muro que separaba las casas y desde allí dejábamos caer los papeles, con unas salpicaduras de rojo que un niño torpe vería como sangre. Pero al día siguiente, el niño se reía de su madre que creía los mensajes de otros mundos, y de nosotras también, entonces nos íbamos desilusionadas a preparar una pócima con hojas, semillas y flores; con la esperanza de encontrar secretos entre ramas.

Hálito

Humedecen al desconsuelo,
con un saludo que es también un adiós,
dibujan alas con susurros azules
y luego al encallar, duele como desteñir la noche.

Animales clandestinos
o fragmentos del amanecer,
que vuelan a las azoteas
para luego lanzarse a la desmemoria
y en el vano esfuerzo,
quedar colgados del tendido eléctrico:
dúctiles nidos de recuerdos desterrados.

Sin líneas

Convergen, sin dejar espacio a una grieta por la que se pueda trazar una línea. Como un agujero negro que se lleva todo a su boca, o como una soga resumida en nudo. Veo los extremos de un intervalo en un mismo chispazo, en una ola de viento que sólo eso fue, en un cuadro pasajero que imaginaron los ojos. Siempre un único paso que va murmurando un gesto con sabor a nube, con sabor a inicios varados en algún pozo de irresueltos, o fracasos.

Un punto con el peso de una línea, un punto muy denso anímicamente.