Como una cabra


El mundo se volvió loco, pero loco de verdad.

Entonces lo que antes quería decir la palabra verde se comenzó a usar para describir el color de la sangre y en las esquinas se encontraban girasoles azules que parecían pequeños astros diurnos: las palabras no eran lo que antes fueron, y los gatos se hicieron llamar gusanos. Hablar se volvió complicadísimo, y mientras tanto un hombre que vivía en Turquía se fue a buscar a la Habana a una mujer que le juró lastima eterna. ¡Que libertinaje de significados!

Los libros dejaron de leerse. Se los comían como se come el queso, se atiborraban de exquisitos trozos de papel con olor a humedad, aunque por falta de dinero algunos tenían que tragar los que aun tenían el olor a tinta fresca.

La gente le iba a rezar a los santos de la nostalgia en rojos trenes, mientras las capillas ardían de tanto pecado. Y las calles, todos salían a arrastrarse para sentirlas con todo el cuerpo, ¡que hereje quien no se llenara de asfalto y de luces cada noche!

La gente dejó de ver noticias y leer periódicos, nadie se dio cuenta que el 7 de Abril el mundo salió del Psiquiátrico Espacial, nadie supo que había que volver a la normalidad, entonces el mundo siguió loco, pero loco de verdad.

Calles nocturnas

Hay que sentirlas.

Algunos dicen que surgieron por necesidad, y yo pienso igual. Es una necesidad verlas por las mañanas, cuando el sol evapora los restos de nostalgias que en las noches las embriagaron. Y sobre las calles y las nostalgias nocturnas hay mucho que decir y bastantísimo que sentir; eso de ver las luces como refugios resulta peligroso porque dan ganas de escalar hasta ellas y gritar que dejen de ser tan crueles, o que dejen de ser tan débiles y ya no lancen esos gemidos sordos que duelen a los transeúntes; o todo esto podría terminar en una sombría seducción y jugar a sentir las calles o dejar que las calles se sientan en el propio cuerpo. Esa invitación a descubrir los espacios en los que nunca nadie ha estado, los espacios que tantas veces han sido zapateados, los que prometen hacer de nuestro cuerpo una masa etérea, los que esconden la magia y hay que seducirlos para que entreguen un poco cada noche. Hay que dejarse encantar por ellas y dejar que se encanten con nuestros pasos, sólo así las andanzas serán música, serán colores, serán emociones, serán calles palpitantes.

Pasarán las horas y terminaremos confundidos con gatos que se cuelan en camaleónicos callejones...

Construir

"Tratar de convencer a otra persona es indecoroso,
es atentar contra su libertad de pensar
o creer o hacer lo que le dé la gana..."
Jaime Sabines

Vamos a dejar de creer a medias
para comenzar a creer de verdad.

Ya los colores están en el cabello de los pinceles,
vamos a colorear, a inventar verbos,
no arranqués de las paredes la pintura
y dejá de usar tantas terminaciones en pasado.

Así que vení,
y construyamos recuerdos
que más tarde nos duelan.

GRACIAS!

Por ciertas razones, lo amé.

DIBUJO DE ALDEA Manuel O. Nieto

Hemos pintado todos los bisontes de la desesperación en las paredes:

Esta ciudad duele como un grito a cuello pelado
en esta descompuesta ciudad desesperada
hay algo atascado en las calles
una minuciosa aglomeración de preguntas anónimas
de grupos de frustración a las salidas de la impotencia
aburridos solitarios
y veteranos de la soledad al pie de las mujeres
que llevan años de no pronunciar una palabra

algo que no permite respirar al aire urbano
y que conspira en secreto del otro lado de la bahía
algo abrumado y piadoso que precede a la destrucción
como un ritual ante los últimos monumentos de la estirpe

algo parecido al miedo al asombro de la tribu
y a la mágica e inesperada presencia del enemigo

esta ciudad es una aldea melancólica junto a las aguas
trazada con la increíble precisión del olvido
una cenicienta aldea con sus madrugadas de rutina
con sus alborotados comentarios de oído en oído
sus murmuraciones primitivas inexactas
y sus tabuladas maldiciones

con sus sabios en las partes altas de las azoteas
como locos reconstruyendo una historia que otros escribieron
y sus pequeños poetas bebiendo a borbotones una tristeza
que de un tiempo a esta parte ha aumentado en las bodegas
en las alcantarillas
en los estadios con su muchedumbre tratando de vomitar
por la boca y las narices
un odio acumulado y viejo
un rencor que ha alcanzado las dimensiones de la dulzura
de la inocencia
y de un estado de prisión indiferente
desarmado y moribundo

esta ciudad aldea sin artesanos ni palafreneros
en plena catequización y descubrimiento del fuego
es una barricada de rostros esperando que algo suceda
que una inesperada maniobra un gesto inexpresivo
dé otra tintura de horror a las esquinas
un ruido distinto a los derrumbes a las resignaciones
a las caidas corpulentas de las tardes sobre el mar

esta ciudad aldea huele irremediablemente a tiempo perdido
a edificios público llovidos por dentro
a conjuros a humo a alcanfor
tal vez por eso todo desemboca en las playas
en los arenales
en las perturbaciones de las mareas
cuando esta ciudad triste insalvable confundida
hace sonar sus cuernos de caza
como una profunda expropiación del corazón.

Azul desesperado

Es ese sonido constante después de la noche,
tan constante que apenas se percibe,
esta procesión de soledades bailarinas
me va adormeciendo como lo haría algún susurro.

Esta madrugada no es un espacio en blanco,
no es un cuarto poblado de melancolías solteronas;
es la tierra después de arrancar raíces,
tierra deshecha y adolorida.

Con mis pies desesperados trituro
imágenes esparcidas en el suelo
que se convierten en palabras inconclusas,
una re de correteábamos me escarba los ojos.

Esta ausencia es ese ruido constante
que aturde de madrugada y
algunos le llaman silencio.

Indeterminación

"El Principio de Incertidumbre nos dice que hay un límite en la precisión con la cual podemos determinar al mismo tiempo la posición y el momento de una partícula"

Podría utilizar cualquier palabra, que aunque no encierra la esencia ni la complejidad –o fraudulenta simplicidad-, va dando una imagen borrosa y vaga al contenido de esta ráfaga que nos aletarga. Sin embargo, quiero mantenerme lejos de palabras erróneas que sirvan de consuelo a este no saber. La imposibilidad de encontrar la palabra exacta me arrastra al Principio de Incertidumbre, así que comienzo a tantear en la oscuridad para tener un acercamiento certero a la zona de probabilidad en la que germina “eso” que me lleva a decir tantos no sé. Es preferible a que la idea en venganza de una adjetivación ofensiva, se escurra como mercurio o como el comportamiento de una partícula a la que alguien quiso determinarle su posición y momento.


La definición del “estado” ya es imposible de precisar, y en éste se anidan muchas irresoluciones; las causas podrían ser tantas como la infinidad numérica, las posibles soluciones penden de la causa, el contagio comienza a hacerse evidente y los efectos, aunque varían, parecen converger en más de un punto: miradas perdidas, dificultad al hablar sobre el “estado” pero insistencia en tratarlo, deserción de responsabilidades, y nos vamos deslizando inconscientes en las horas que se convierten en meses. El tiempo pasa, lo vemos pasar, se va sin nosotros, nos quedamos sin él.

¿Cómo determinar valores o palabras a algo indeterminable? Busco un Heisenberg o un neologismo que oscile entre camino y tiempo.

Calle camaleónica

Nombre gracias a Stiopa

Necesité pasar unas cuatrocientas veces por esa calle, para pasar por primera vez. Llena de lluvia y de luces, era martes. Con ese sentimiento que se tiene cuando se descubre algo maravilloso que comienza a adormecer los sentidos, o más bien que comienza a despertarlos. Algo así como lo que se siente cuando se tiene un pie dormido y se comienza a saltar para que se despierte. Ahora, ese día es un recuerdo no sólo lejano, es casi ajeno. Además hace que me sienta merecedora de una bofetada del tiempo, y lo sea o no, el tiempo me la da. Supongo que eso se debe, a la imagen que tengo, no de la calle sino de mi. En un bus donde tantas personas van maldiciendo lo tarde que es y lo cansado del día, diciendo que apenas es martes y falta tanto para el viernes. Y yo enamorándome de esa calle. Esa imagen me parece una broma, más que una broma, una burla.

Tratando de ser exacta, pasé unas setenta y cinco veces más; antes de pasar la segunda vez. Llenísima de agua y de luces, era jueves. Fue entonces cuando me di cuenta que la calle no era simple asfalto con unas casas a los lados, un río sucio, un pintoresco anuncio, una combinación de curva y cuesta que podría provocar muchos accidentes. ¿Podría ser una calle un reflejo tan leal del estado anímico? ¿Cómo una calle puede ser así de triste? Y verla así de triste me condenó a pasar algunos minutos pensando en la primera vez que la vi. Algunos minutos seguidos, porque entre todos se completarian unas horas.

Pasé unas cincuenta veces más, y llego la tercera vez. La calle estaba seca y sin luces, era jueves. ¿Cómo una calle puede ser así de vacía? Pasé bastantes minutos pensando en la primera y en la segunda vez que la vi.

¡Tantas veces pasé por esa calle y he pasado sólo tres veces hasta ahora! Pasar por ahí es como cierto sonido que entra y rasguña por dentro, no sé, como esos estremecimientos que se deben de sentir en el corazón, y que yo los siento en el estomago.

Remiendos amarillos

“Se trata cósmicos de ser más fértiles,
de no ser tímidos, de ser más trópicos,
de ir a lo pálido, volverlo térmico,
sentirse prójimo de lo más lúdico.”

Viglietti


Es la única explicación.
Un ser sin rostro mordió mi vida
y desde entonces la veo desangrarse.

Se arrastra por aceras y edificios,

dejando una mancha roja,
se evapora, y al día siguiente lo mismo.

A veces la veo muy lánguida,
y me amenaza con irse a Marte.
Pongo un parchecito amarillo
y sobrevive por unas noches.
No hay método seguro
para que la vida se mantenga.

He estado investigando,
y por los síntomas que tiene
he podido darle una fisonomía,
a este ser tan implacable.

Tiene rostro de esa bestia que se encoleriza
al mirar hacia los lados y verse enterrada
entre frases que no trascienden,
ahogada por el vacío,
acosada por la gente
que la hacen sentir el ardor de la ira.

Este animal feroz y loco, anda suelto
clavando exquisitamente sus dientes.
Yo le agradezco que haya mordido mi vida,
ahora, puedo revivirla cuando quiera.

Poligamia

Los besos exactos y precisos
crean felicidades que tienden al infinito.
Los largos brazos de un coseno me enredan,
me veo inmersa en signos y números.

Las letras llegan suaves como caricias tímidas
luego constantes y embriagadoras de amor.
Las palabras vierten pasión por doquier,
impregnando mis paredes de recuerdos.

Del cero al éxtasis exponencial
del blanco a lo psicodélico.


Las letras saben esperar,
no puedo esperar por ellas.
Los números son impacientes,
se desgarran de desesperación.

El tiempo me acusa de adulterio,
es un necio, un despiadado,
un monógamo imbécil.

Noche de "Aprendizaje"

Nos desconcierta la idea de "invertir" el tiempo en un objetivo que nunca podría llegar, y no por nuestra culpa sino por la muerte, nos perturba porque esa lista de cosas por hacer se extiende mientras el tiempo va pasando y tomamos caminos que nos van alejando de la fantasía y de la realidad, nos llevan a una indiferencia y egoísmo detestable. "Aprendí a ser formal y cortés, cortándome el pelo una vez por mes"

No queremos a quienes viven en "felicidades absolutas" sin ver más allá de esos cristales que solo muestran su reflejo: sus mismos rostros de falsa felicidad, pero que bajeza mostrarse triste y dudoso, sonrían! No queremos que hablen con indiferencia de la música o de la literatura. No queremos despreciar detalles que se vayan resentidos y más tarde lleguen a burlarse de nuestra monótona vida. No queremos tener un corazón de cables y frío metal, un cerebro programado con algún maravilloso sistema imposible de comprender, tampoco queremos tener sangre verde: ácido que quema la vida. NO!!!!! "viento del sur, oh lluvia de abril, quiero saber dónde debo ir. No quiero estar sin poder crecer , aprendiendo las lecciones para ser"

No queremos que nos enseñen a pensar "correctamente", queremos que nos enseñen a criticar, no queremos que pongan un techo gris y nos hagan olvidar la luna. No queremos que nos lleven como ganado hacia el modelo de nacer, crecer, estudiar, trabajar y morir. "Y tuve muchos maestros de que aprender, solo conocían su ciencia y el deber, nadie se animó a decir una verdad, siempre el miedo fue tonto"

Queremos salir a caminar por calles sucias y pasillos escondidos, queremos ver rostros que se expresan libres y nos hablan de su aprendizaje. Queremos escuchar voces que son marionetas de pensamientos distintos, que olvidan los caminos asfaltados y deciden ir cortando ramas y cruzando ríos. Queremos vivir....

Abejones


Vemos los momentos convertirse en una araña, una hormiga o una luciérnaga que un niño toma y encierra en un frasco, pone la tapa y lo guarda. Por unos días no olvida su nuevo tesoro; lleva el frasquito en las manos siempre, lo pone al lado de la cama antes de dormir y cada media hora golpea las paredes para asegurarse que aún vive. Pero como tantas cosas que dejan de importar, el frasco comienza a quedarse en una esquina. Se abandona como se abandona una canción, un libro o una taza sucia del desayuno en un cuarto deshabitado.

Hoy escuché una canción, y recordé cuando la descubrí. Pensaba en otras cosas que el tiempo fue convirtiendo en patas y alas hasta crear un abejón que guardó en un frasco sin tapa. Ahora nada más puedo recordarlo, como recuerdo cuando mi hermano tenía una familia de abejones en un frasco. Seguro que este instante será una palomilla necia.

Tangos asesinos

Con cada canción te entregas más a la tristeza,
y sé que en cada noche escarbas en tu memoria
y buscas respuestas a preguntas absurdas.

Y cuando escuchas algún tango
sentís como se resquebraja algo:
tu estomago, tu corazón, tu mirada, tu cuerpo.
porque esas melodías que entonabas entre risas
son inicios de este final que hoy sufrís.

Mi mirada te invita a caminar y reír
pero vos sonreís con tristeza en los ojos
entonces mi mirada ya no es la misma
y te lanzo una de esas que llevan los tangos más tristes.

¿Soñamos olores?

"...como sueño era curioso porque estaba lleno de olores
y él nunca soñaba olores"
Julio Cortázar
Pedía a gritos que apareciera un silencio adormecedor. Un silencio que pusiera fin a sus pensamientos perturbadores. Pensamientos que como un álbum de fotos viejas, le mostraban imágenes amarillentas y carcomidas por el tiempo. Imágenes que a su vez le gangrenaban sus días, y lo llevaban a vagar de calle en calle, buscando respuestas a preguntas que aún no había formulado. En su delirio, no había mas mundo que el de su cabeza. Solamente existían calles oscuras y sucias, alguna vez pisadas por la gente que camina hacia algún punto. No como él que se arrastraba hacia donde fuera, sin llegar y sin ir, así como se derrama un vaso de agua en el suelo y se esparce hasta donde se lo permite. No tenía otro cielo más que ese firmamento grisáceo, donde las nubes se unían y se separaban, de la forma más absurda, solamente para deleitarse con su sufrimiento ante tanta impotencia, ante tanta burla, y ni hablar de los pájaros, que de esquina en esquina entonaban sus desgracias, y estas retumbaban en su cabeza, una y otra vez, hasta el anochecer. Cuando la ciudad se sumergía en la oscuridad, podía divertirse algunas horas jugueteando con las sombras, tratando de besarlas, tratando de tocarlas. Hasta que de nuevo el miedo lo enloquecía y se empeñaba en encontrar un lugar donde esconderse de los miedos que él había creado.

Alucinaba sonidos, alucinaba imágenes. Las sensaciones; el temor y la desesperación eran solo producto de sus invenciones.

Cada vez era mas frecuente. Al dejarse caer en las garras del sueño, estas se comenzaban a pasear por su piel, a hacerle pequeñas incisiones en los puntos más sensibles, pasaban las filosas uñas cerca de su cuello, más cerca de sus ojos y de sus labios. Lo conducían por estrechos callejones con marcas de sangre seca, y lo llevaban a ser este hombre infeliz y sombrío.

Pero con el pasar de las noches, había conseguido algo fascinante, en su propio sueño lograba conseguir darse cuenta que no pasaba de esto; bastaba con oler cualquier cosa y al no percibir olor sabía que no podía ser realidad. Su buen olfato era una característica sobresaliente, así que tenía que ser un sueño. ¿Cómo soñar con olores? No lo creía posible. En sus sueños; las hojas, los pájaros, la suciedad, su cuerpo y los charcos no tenían olor. Puede parecer enfermizo y ciertamente lo es, pero esperaba con ansias el momento de dormir para sentir el placer de dejar atrás el pánico con la ausencia de los olores, burlarse de sus propios sueños. ¿Invenciones mentales? ¿Qué tanto es real, qué tanto inventando?

Las garras aparecieron. Las sentía subir desde las puntas de los dedos de sus pies, pasaban amenazantes por sus piernas y llegaban a su espalda, tomaban sus brazos y se colgaban de su cuello. Comenzaban a adueñarse de sus sueños, las garras lo tomaban y con suaves pero constantes movimientos comenzaba la tortura. Entonces aparecía en el mismo escenario de siempre, caminaba y todo a su alrededor lo infectaba de pánico. Era de día y el día siempre era peor. Las calles, el cielo y los pájaros que se burlaban. Un incienso en la mesa de un café, ahí estaba la solución al menos en este sueño, lo encendería y el humo sin olor lo tranquilizaría. Entonces acercó una llama y olor del incienso lo aturdió.

Suposiciones, música y humo

"...y quiero que me perdonen
por este día
los muertos de mi felicidad."
Silvio Rodríguez
Se sentó con una botella de cerveza, un vaso, una caja de cigarros, una candela derramada en la mesa y tres extraños con los que no habló mientras estuvo ahí. Él cantaba con voz baja pero con gestos muy fuertes que se pronunciaban en sus ojos, en su boca, en sus manos, en sus cejas, en su frente y en su nariz. Cuando no cantaba, tomaba cerveza de su vaso, talvez con sabor a jabón, siempre es mejor la cerveza en botella. Vestía de negro, quizás estaba de luto porque tenía el corazón como ceniza de cigarro o puede ser que esa noche quisiera vestir así sencillamente por eso, porque quería vestir así, como yo, como muchos. Aunque yo quisiera pensar que era por luto, había muchas personas que vestían de negro. Otras de gris, café, azul o cualquier color que en la oscuridad parece negro. Pero él usaba una camisa negra, estoy segura. Y entre tanta descripción física necesito hablar de lo que me interesa. Necesito hablar de lo que yo veía entre figuras de humo y canciones con guitarra; él estaba triste. Y entre un ojalá y otro, se moría. ¿Y quién no?

A veces me gusta observar a la gente, guardar cuidadosamente cada mínimo detalle. Debo de aceptarlo, me obsesiona tratar de saber cual(es) sentimiento(s) cargan en ese momento. Por eso me fijo en cada gesto, en las palabras –aunque sean pocas-, en lo que observan y de que forma, en el brillo de los ojos, en la forma de sonreír, en el tono de la voz, en cómo se llevan las manos a la cara. Araño cada detalle para lograrlo, me gusta colgarme de algo insignificante para encontrar un dato importantísimo, según mis alucinaciones. Al pensar y escribir esto me siento como el don José de Saramago… Es un placer raro. Pero no me gusta hacerlo con personas que normalmente llamarían la atención, es mucho mejor con quienes pasan desapercibid_s, sin dejar mas rastros que cenizas y formas circulares de agua en una mesa de madera, una silla vacía.

Volviendo a quien trataba de dejar perdida esa tristeza, esa melancolía desesperada, evaporar ese algo que le inundaba los ojos, para que entre la oscuridad se confundiera con el humo asfixiante de tantos cigarros, y en un descuido de esa multitud gaseosa salir con la cajita y no volver. Porque un par de veces se levantó, con su vaso pero sin sus cigarros, la botella vacia, entonces rápido regresaba porque ellos lo esperaban. Del otro lado alguien me hablaba. ¿Cuál es esa palabra que andas buscando? Amarillo. ¿Amarillo? Si. Pero vos estás loca, amarillo, risas. Yo sabía lo que me iba a preguntar, y antes de que pudiera hablarle para evitarle la pregunta, la hizo. ¿Y para vos que significa el color? Mirá que puedo decirlo de varias formas. Ya es suficiente descriptivo, le dije. Entonces alguien tocó de nuevo la canción que contiene esa frase, esa frase que debo repetir todos los días, por consejo, repetir solo para mí. “Y soy feliz porque soy gigante”. Cantó Silvio, cantó alguien, dijo alguien, yo lo repetí, alguien lo volvió a cantar, entonces nos miramos porque esa era la frase. Y enredadísima entre preguntas y mis respuestas cortas, que eran apenas algo más que un gesto, miré la mesa y ya no había una caja con cigarros que esperan. Talvez se evaporó, pero espero que haya salido justo a tiempo después de ese cambio físico, porque de lo contrario el humo combinado con ese algo se comenzaría a impregnar en su ropa, en su piel y en su cabello, con un poco de agua y jabón es suficiente para quitar el olor más tarde, pero esa misma madrugada la mezcla gaseosa entraría por sus fosas nasales, entraría por cada poro. Ya sabemos lo que pasa. Despertaría peor porque esos gases melancólicos son bastante vengativos y harían estragos en su cuerpo. Espero que haya salido a tiempo. Yo no me di cuenta hasta que miré la mesa y ya no había una caja con cigarros que esperan, porque alguien del otro lado me hablaba y decía: La melancolía es más linda que la felicidad, pero si no la sabes manejar…y señaló hacia el suelo. Que yo estoy bien. Él no lo creía, pero no podía decirle que estaba haciendo un experimento con emociones ajenas. Entonces miré la mesa y ya no había una caja con cigarros que esperan, eso es importante por eso lo escribo tres veces. Un rato después me levanté, cuando volví, por diferentes cambios de espacios y ubicación de cuerpos que se dieron en mi ausencia, me vi obligada a sentarme en la silla que hace un rato ocupaba alguien con camisa negra, que cantaba en voz baja pero con gestos muy fuertes.
Y que alguien cante algo de Fito o de Charly.